sábado, 3 de enero de 2015

Melisa es Problemita


Melisa era así. Siempre había sido así y uno no puede juzgar lo que es. Lo puede aceptar o rechazar, amar u odiar, pero no juzgar. Porque al fin y al cabo ¿Quiénes somos para tomarnos ese atrevimiento?

Melisa es Problemita, así como lo digo. Melisa te ha metido en más problemas de los que vos misma te has metido. E incluso así y todo, seguís frecuentándola. Porque Problemita ante todo es carismática, simpática y divertida. Y sabe que la gente la perdona. O por lo menos la perdonan los que ella considera que valen la pena.

Problemita miente, especula y traiciona. Se hunde y hunde al resto. Se equivoca a lo grande. Arruina su vida constantemente y en cuanto empieza a salir del pozo en el que se metió, saca la mano afuera toma una pala y cava más profundo.

Miente con trivialidades como con cosas importantes. Esconde o revela información sin ser consciente de que puede perjudicar a alguien más. No cumple su palabra, no cumple sus promesas y no entiende un: “No digas nada”. No sabe de confidencialidades ni lealtad.

Cuando era chica te robaba al chico, se emborrachaba y te hacía quedar mal con todos tus amigos contando tus secretos. Hoy sigue haciendo exactamente lo mismo, porque una vez Problemita, siempre Problemita.

Nació para el drama. Para llorar, patalear y gritar. Porque cree firmemente que su vida es una obra de teatro y debe entretener a su audiencia ficticia. Ella se debe a su público y a nadie más.

Lo que hace difícil sobrevivir a Problemita, es que a diferencia de la mujer drama que vive metiéndose en problemas y círculos autodestructivos que sólo la afectan a ella. Problemita se tira a un precipicio y  arrastra consigo a todos los incautos que anden paseando por ahí. Al que la escucho, al que la ayudo o al que la traiciono; ella no hace distinción, ella intenta hundir a todos. Intenta embarrar a todos los que estén cerca para no parecer tan sucia ella. E increíblemente muchas veces le funciona.

A las Problemitas hay que huirles, hay que verlas, identificarlas y correr para el otro lado. Porque cuando el huracán pase arrasando todo, ella se va asegurar de que no se lleve solamente los cimientos de su vida, sino también los de la tuya, los de tu hermana y los de tu abuela.

Y llega una edad en la que uno descubre que a veces, dar una mano significa perder un brazo. Y todos queremos tener ambos.

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