lunes, 18 de mayo de 2015

Un café de Penitas

El otro día me volví a cruzar a Penita después de un par de años sin vernos, la vi saliendo del subte y agitó tan fuerte el brazo que casi se lo disloca. Hecho que le hubiese venido genial, como ya verán, pero que no paso. 


Nos saludamos como corresponde, con esa emoción característica que uno siente cuando ve a alguien que perteneció a un momento importante de su vida que dejo atrás hace mucho. Y me dijo de ir a tomar un café, dudé, pero quise darle un voto de confianza así que opté por aceptar.


Recuerdo haberla mirado mientras íbamos caminando y haber pensado que los años le habían hecho bien, que sonreía más y la veía más alegre. La última imagen que tenía guardada de ella era que, literalmente, era un lamento boliviano como dice la expresión. Siempre tenía un problema, siempre el mundo confabulaba de una manera inverosímil para arruinarle la vida y como frutilla del postre, ella disfrutaba de contarlo con lágrimas incluidas.

Pero ese día pensé que ella ya estaba muy lejos de esa chica melodramática, que se agarraba la cabeza y suspiraba sonoramente, rogándole un poco de misericordia a un Dios castigador que la crucificaba día tras día. Y la verdad es que me alegré por ella, y me alegré por mí. Pobre ingenua.

Apenas nos sentamos en el bar toda su alegría se esfumo y me di cuenta que había caído como una quinceañera en sus garras. Y ahí empezó y no paró, chicos. De repente me encontré viviendo las dos hs más largas de mi vida, donde no sólo no pude contar absolutamente nada de mí, sino donde tampoco pude opinar absolutamente nada de lo que ella me contaba. Porque a Penita, no le importa tu opinión.

Penita vive para sufrir, porque eso fue lo que hizo siempre. Ella disfruta que las cosas le salgan mal, y si por una casualidad divina sus cosas parecen acomodarse, ella enseguida las sabotea. No compartimos muchos meses, pero en ese tiempo la vi sufrir por todo acontecimiento en su vida. Cuando mejor estaba con su novio, lo empezó a engañar con un compañero de trabajo y se lo contó "porque sintió culpa". Cuando se quebró un tobillo y le dijeron que no podía hacer actividades físicas durante la rehabilitación, se le dio por empezar a correr; arruinándose el tobillo de por vida. Cuando estaba por rendir finales, se olvidaba de pagar la cuota y perdía la fecha de la mesa. Y siempre dejaba velas prendidas al lado de cosas inflamables.

Ni hablar que cada vez que había que entregar un trabajo en grupo, le cortaban el celular porque no lo había pagado y se volvía imposible localizarla. Hasta, obviamente, el último minuto donde llegaba a las corridas y transpirada diciendo que el mundo estaba en su contra porque ¿cómo le iban a cortar el teléfono justo ese día?... ¿Lo pueden creer? Dos meses sin pagar la factura había estado la caradura...

Ahí fue que entendí que Penita sufre porque es su marca registrada, es lo que sabe hacer. Hay gente que hace planes, proyecta, gente que vive enamorándose, y hay gente como ella que necesita pasarla mal tanto como necesita que el mundo lo sepa. Porque Penita sufre en un escenario ficticio todo el tiempo y antes que nada se debe a su público. Sus historias están creadas y editadas para entretener a esa audiencia imaginaria que la sigue a donde quiera que vaya. A donde quiera que meta la pata...

Terminé el café, la saludé y corrí por la puerta temiendo que me siguiera. Por suerte no lo hizo, o eso creo, porque nunca me detuve a mirar atrás temiendo que me contagié sus penas.

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